5.12.24

Muerte y clima de época

No sé si es la época o simplemente el peso del clima que nos envuelve, pero el mundo se siente particularmente cruel. Hay una violencia latente, un culto a la crueldad que parece haberse instalado en el aire. 

Aunque intento abstraerme y enfocar mi pensamiento en la estabilidad y felicidad de quienes me rodean, no puedo evitar sentirme preocupada, atrapada por esa sensación que atraviesa todo.El clima de época violenta, en términos políticos, no tiene precedentes en mi experiencia. 

Las decisiones del gobierno de Javier Milei parecen buscar, más que el bienestar común, un regodeo en la crueldad. Es una gestión que parece encontrar placer en lastimar, en despojar, en hacer del sufrimiento ajeno una bandera. Nunca había visto algo así, nunca lo había vivido. Y me angustia profundamente.

A esa angustia, además, se suma una sensación de cercanía con la muerte. Este año, aunque no despedí a amigos íntimos, sí partieron personas que conocí, con quienes compartí algo de mi vida y de mi trabajo. Es como si el castillo de naipes de la existencia comenzara a perder cartas, una por una. Aunque no se desmorona del todo, empieza a quedar inclinado, inestable. La muerte, sí, es parte de la vida, pero eso no quita el dolor que cada partida deja en su estela.

¿Qué me pasa con la muerte? Me enfrenta a mi propio calendario, ese que también pierde sus hojas, marcando el paso del tiempo y recordándome el final inevitable de mi ruta. Hay un viejo adagio que dice que deberíamos vivir cada día como si fuera el último, pero el peso del mundo a veces hace que esa consigna parezca inmoral. 

¿Cómo permitirse la felicidad, cómo encontrar paz, en un tiempo tan cruel? Y ahí está la culpa, como una sombra que acompaña a cada pequeño momento de alegría. La culpa de tener un respiro mientras el mundo arde.