-Dónde está el paraguas azul??? - mascullé.
Afuera,
el taxi insistía a bocinazos y,
seguramente,
los vecinos me puteaban en rosario por la escenita madrugadora.
-El paraguaaaaaaaas!!! - repetí, casi implorando.
Entonces lo recordé.
El Mamuca.
Lo pensé fuerte, fuerte, fuerte como me lo había aprendido.
Vuelta a la derecha, giro a la izquierda y ... nada.
Importó poco la lluvia.
Y la siguiente.
Y la siguiente a ésa.
El Mamuca estaba de regreso.
En casa.
La llave - Abel Pintos
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