A veces debería callarme. Pero callarme en serio.
Callarme los ojos; el cuerpo.
Callarme el llanto y el hastío.
Callarme el desencanto y la furia.
Pobre furia! Es tan vieja que a nadie asusta, sólo a mí.
Debería callarme el ahogo.
La orfandad. La "mente rota".
Callarme la mordaza.
El asco. La decepción.
Callar.
Callar del todo.
Y pensar,
mientras aprieto el mute,
en que nada puede ser más silencioso que este vacío.
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