5.12.24

Muerte y clima de época

No sé si es la época o simplemente el peso del clima que nos envuelve, pero el mundo se siente particularmente cruel. Hay una violencia latente, un culto a la crueldad que parece haberse instalado en el aire. 

Aunque intento abstraerme y enfocar mi pensamiento en la estabilidad y felicidad de quienes me rodean, no puedo evitar sentirme preocupada, atrapada por esa sensación que atraviesa todo.El clima de época violenta, en términos políticos, no tiene precedentes en mi experiencia. 

Las decisiones del gobierno de Javier Milei parecen buscar, más que el bienestar común, un regodeo en la crueldad. Es una gestión que parece encontrar placer en lastimar, en despojar, en hacer del sufrimiento ajeno una bandera. Nunca había visto algo así, nunca lo había vivido. Y me angustia profundamente.

A esa angustia, además, se suma una sensación de cercanía con la muerte. Este año, aunque no despedí a amigos íntimos, sí partieron personas que conocí, con quienes compartí algo de mi vida y de mi trabajo. Es como si el castillo de naipes de la existencia comenzara a perder cartas, una por una. Aunque no se desmorona del todo, empieza a quedar inclinado, inestable. La muerte, sí, es parte de la vida, pero eso no quita el dolor que cada partida deja en su estela.

¿Qué me pasa con la muerte? Me enfrenta a mi propio calendario, ese que también pierde sus hojas, marcando el paso del tiempo y recordándome el final inevitable de mi ruta. Hay un viejo adagio que dice que deberíamos vivir cada día como si fuera el último, pero el peso del mundo a veces hace que esa consigna parezca inmoral. 

¿Cómo permitirse la felicidad, cómo encontrar paz, en un tiempo tan cruel? Y ahí está la culpa, como una sombra que acompaña a cada pequeño momento de alegría. La culpa de tener un respiro mientras el mundo arde. 

30.11.24

Complicidad

Pienso en lo que es la familia. 

Pienso en los vínculos, en esas relaciones que construimos con el tiempo y que, cuando son genuinas, se convierten en lazos que nos sostienen en medio de un mundo tan lleno de artificios. 

Tengo una gran relación con mi exmarido. Es un gran amigo, quizás porque primero fue eso: mi amigo. Luego, por muchos años, fue mi pareja y juntos compartimos la maravillosa experiencia de tener un hijo. Hoy, no puedo -ni quiero- pensar en mi familia sin incluirlo, junto a nuestro hijo y mis dos perros. Ellos son mi familia. 

Reflexiono sobre la lealtad en los vínculos. Hay semanas en las que no nos vemos, momentos en los que ni siquiera intercambiamos mensajes. Tal vez sea la certeza de la presencia más allá de la distancia aunque habremos de trabajarla para que no se sienta como un vacío. Finalmente es un espacio de confianza, porque lo conozco y estoy convencida de que él me conoce. En eso radica la fuerza de nuestra relación. 

Hace poco compartimos una de esas conversaciones cotidianas que dicen mucho más de lo que parece. Hablábamos de precios, de lo caro que está todo, de cómo comparar las ofertas entre supermercados. Y, de repente, surgió esa chispa de complicidad: le mencioné lo que realmente quería de la canasta navideña, y él, sin dudarlo, dijo: "sidras y ananá". Nos reímos juntos porque, claro, tenía razón. 

Son esos detalles, esa forma de leerse sin explicaciones, lo que hace que las relaciones trasciendan cualquier etiqueta. Eso, para mí, es familia. En un mundo donde la superficialidad y la exposición parecen reinar, agradezco tener esta complicidad. Me recuerda que los vínculos verdaderos existen, que pueden ser para siempre y que no necesitan del brillo de lo espectacular para ser profundamente significativos.   

Agradezco esta familia imperfecta y honesta que, con sus silencios y sus carcajadas, me confirma que los lazos reales no se rompen: se transforman, se adaptan, pero siempre permanecen.