30.11.24

Complicidad

Pienso en lo que es la familia. 

Pienso en los vínculos, en esas relaciones que construimos con el tiempo y que, cuando son genuinas, se convierten en lazos que nos sostienen en medio de un mundo tan lleno de artificios. 

Tengo una gran relación con mi exmarido. Es un gran amigo, quizás porque primero fue eso: mi amigo. Luego, por muchos años, fue mi pareja y juntos compartimos la maravillosa experiencia de tener un hijo. Hoy, no puedo -ni quiero- pensar en mi familia sin incluirlo, junto a nuestro hijo y mis dos perros. Ellos son mi familia. 

Reflexiono sobre la lealtad en los vínculos. Hay semanas en las que no nos vemos, momentos en los que ni siquiera intercambiamos mensajes. Tal vez sea la certeza de la presencia más allá de la distancia aunque habremos de trabajarla para que no se sienta como un vacío. Finalmente es un espacio de confianza, porque lo conozco y estoy convencida de que él me conoce. En eso radica la fuerza de nuestra relación. 

Hace poco compartimos una de esas conversaciones cotidianas que dicen mucho más de lo que parece. Hablábamos de precios, de lo caro que está todo, de cómo comparar las ofertas entre supermercados. Y, de repente, surgió esa chispa de complicidad: le mencioné lo que realmente quería de la canasta navideña, y él, sin dudarlo, dijo: "sidras y ananá". Nos reímos juntos porque, claro, tenía razón. 

Son esos detalles, esa forma de leerse sin explicaciones, lo que hace que las relaciones trasciendan cualquier etiqueta. Eso, para mí, es familia. En un mundo donde la superficialidad y la exposición parecen reinar, agradezco tener esta complicidad. Me recuerda que los vínculos verdaderos existen, que pueden ser para siempre y que no necesitan del brillo de lo espectacular para ser profundamente significativos.   

Agradezco esta familia imperfecta y honesta que, con sus silencios y sus carcajadas, me confirma que los lazos reales no se rompen: se transforman, se adaptan, pero siempre permanecen.

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