23.10.10

Pensar o preguntar?


La curiosidad no me mueve el amperímetro. Me resisto a las preguntas, no me gustan. Menos aun me gusta formularlas. Prefiero pensar. Prefiero los relatos. Allí discurren la palabra y el tiempo plácidos, sin tironeos, como amantes fieles que se reconocen sin siquiera verse. Los interrogantes, esos que se harán verbo, son propios de periodistas, psicólogos y abogados que luego, y ante el tenor de la respuesta, habrán de ampararse en el secreto profesional. También los curas interpelan a cambio de un perdón celestial y luego guardarán la confesión por siempre jamás. 

Pero como hilvano manzanas con girasoles, botones con focos, cabras con mares, me equivoco. Y así las preguntas son necesarias. No alcanza con pensar. Es malo el hábito de contarlo todo sin esperar a la inquietud del otro, aventurado es el juego de las asociaciones. Inferir, especular, concluir son fases de un proceso que, según Confucio, debiera incluir el aprendizaje para no volverse peligroso. 

No será por el filósofo chino que intentaré sumar a mi menú un par de Por qué, un Dónde, tal vez un Cuándo y con toda certeza, un póker de Quién. 

La historia reciente argentina tiene argumentos sobradamente calificados como para re-plantearme estrategias. En 1976, Julio Juan Bardi, ministro de Bienestar Social de la Dictadura Genocida aseguró que el exceso de pensamiento producía desviaciones y su par de Educación, Ricardo Bruera diseñó el Plan Claridad destinado a descubrir, aun en el Pre-Escolar, tácticas subversivas; en buen criollo niñitos de Jardín de Infantes que se mostraran hiperactivos y lúcidos pensadores.

Razones así generan comezón de preguntas.



León, Los Piojos y Pappo. Y la buena costumbre de Pensar en Nada.

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