Llegó Abril.
Y el almanaque, en un corte de manga, enrojece de furia marcándonos el feriado.
Es 2. Hace semanas que es 2 de Abril.
No suelo hablar de Malvinas. Es demasiado doloroso. Es demasiado vergonzante.
En el '82 tenía once años y, ante la guerra, el entusiasmo de los veinticinco millones de argentinos. Con las compañeras del sexto grado le cambiamos la letra a una canción de Los Parchís y la cantamos, orgullosas, en la quermés que la escuela organizó para juntar víveres y ropa de abrigo.
Entonces, perdí parte de inocencia con las lágrimas de una de mis maestras.
Su hijo, con principio de congelación y el horror ardiéndole la juventud, fue llevado a Campo de Mayo, uno de los tres Centros de Recuperación del Personal de la Fuerza. Mi maestra lo encontró gracias a la piedad de una enfermera que la mandó a llamar. Los dictadores no sólo habían prohibido a los pibes hablar de aquello sino incluso pedir por su familia. Iniciaban "la operación olvido".
Elsa trajo a casa a su muchacho y a puro huevo rearmaron su vida.
A tres décadas, la tarea de re-malvinizarnos está en marcha.
Y lo celebro sin pudores.
Buenas noches Beirut - GIT

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